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parejaCuando mujeres y hombres empiezan a conocerse de verdad, a recordar la esencia olvidada, a comprender las diferentes formas de ser y sentir, de pensar y de expresarse, de hablar y de callarse, de compartir...

En su origen, la palabra descubrir significó “destapar algo que se había tapado previamente o que había permanecido oculto”, ya que el término latino discooperire, era lo contrario de cooperire (tapar, cubrir algo por completo). En todas las lenguas románicas, las derivadas del latín, sustituyó en muchas ocasiones al vocablo denudare,

quitarse la ropa, desvestirse. Pero lo mismo que “desvelarse” no es sólo quitarse los velos, sino revelar algo de la esencia, “descubrir” es también maravillarse ante el fondo antes ignorado, y que estaba cubierto por el olvido, la incomprensión, el miedo y la ceguera.

Cuando mujeres y hombres empiezan a conocerse de verdad, a recordar la esencia olvidada, a comprender las diferentes formas de ser y sentir, de pensar y de expresarse, de hablar y de callarse, de compartir y de aislarse, pueden pasar del miedo al amor y de la ceguera a la visión luminosa de un muto esplendor. Y esto porque han aceptado los distintos ritmos y gustos, los diferentes matices de la fuerza y la sensibilidad, la unidad que yace detrás de la diversidad.

Pero, ¿cómo pueden hombres y mujeres empezar a mirarse con transparencia y sin proyecciones? ¿Cómo pueden encontrarse en el presente sin el peso de los patrones adquiridos en la infancia y a través de la cultura familiar y social? ¿Qué hay que hacer para reflejarse lo mejor de cada género, para escucharse profundamente sin temor ni rencores y, sobre todo, sin las distorsiones momentáneas de la pasión y del deseo?

Y no estoy abogando por frías relaciones de la mente. Todo lo contrario. La ley de la atracción de lo opuesto y lo complementario, la polarización de los polos que habitan en los extremos es ley y motor de vida. Lo cortés no quita lo valiente y el enamoramiento no tiene por qué ser babeante y ciego. ¿O acaso alguien piensa que no existe el intenso amor inteligente y lúcido, la auténtica pasión del deseo y de la entrega, sin la posesividad y sin los celos?

No son utopías ni propuestas teóricas. Se trata de comprobaciones existenciales. Basta a veces con salir de los patrones limitadores, de los hábitos y de las rutinas que imponen el carácter y la presión social. Tan sencillo como crear las condiciones y el entorno para que dos miradas puedan cruzarse sin prisas, sin demandas, sin expectativas. Por el placer de dar y de recibir, de acoger y de entregarse. Entonces se produce el milagro de VER, de empezar a comprender, y de ahí a aceptar y después a AMAR. Amar profundamente sin que tenga forzosamente que establecerse una relación física de intimidad, sin que el hecho de estar o no estar en pareja sea un impedimento para poder tener la mirada limpia y el corazón abierto.

Y esta vez parece que estas reflexiones y propuestas hayan comenzado por el final, por el objetivo deseado, por los resultados obtenidos. Pero es que la vida está hecha de círculos y espirales, de incesantes retornos al origen. Cuando nace un bebé, su mirada es limpia, su sonrisa desinteresada, su fusión con el entorno total. En realidad es puro amor que suscita más amor. Con el paso de los meses aprenderá a distinguir a unas personas de otras, los objetos que se comen de los que no son comestibles. Continuará recibiendo estímulos e instrucciones. Empezará a controlar sus instintos primitivos, a seleccionar, a controlar, a cerrarse poco a poco, para construir una personalidad, un ser diferenciado. Proceso inevitable, pero con “efectos secundarios”.

La infancia y la juventud marcarán definitivamente la singularidad de infantes y jóvenes. Habrá quien se apegue a la madre o al padre. Tal vez a los dos. Habrá quienes se rebelen contra ambos. Unos serán obedientes y sumisos. Querrán ante todo obtener el reconocimiento y la aprobación de sus progenitores y es posible que en la etapa adulta sigan buscándolo. Y que tal vez transfieran ese anhelo, esa necesidad, a otras personas, generalmente a superiores y jefes, a figuras de autoridad y, en muchas ocasiones, a la propia pareja, sobre la que se proyectará el padre o la madre. A veces, un padre o una madre ideal que no se tuvo. O, lo que puede ser más complicado, el padre o la madre que se tuvieron y con quien se establece continuamente la comparación.

Es raro que en las consultas terapéuticas y en los talleres de desarrollo personal no aparezcan en algún momento los conflictos conscientes o inconscientes con los padres. Y esta es la primera distorsión cuando nos encontramos hombres y mujeres frente a frente.

Si se profundiza un poco, pueden entenderse situaciones paradójicas, pero muy repetidas, de parejas que parecen jugar al desencuentro: cuando uno de los miembros se acerca el otro huye, cuando ese primer miembro huye, este segundo se acerca. Y esto ocurre con independencia de ser hombre o mujer. Casi seguro que cualquiera conoce parejas de este tipo o le ha pasado alguna vez. Casi siempre hubo un padre ausente para ellas y una madre solitaria e infeliz. Ellos, a su vez, probablemente tuvieron una madre invasora y dominante, y un padre que evitó siempre el conflicto. Se producen las primeras heridas en el “ánimus” y en el “ánima”, de difícil curación, a no ser que afloren a la conciencia.

  A continuación, iremos acumulando recuerdos y experiencias, positivas y negativas, de nuestras sucesivas relaciones, con los hermanos y hermanas, compañeros y compañeras escolares y, sobre todo, con las pasadas relaciones de intimidad –romances, aventuras y ex parejas-.

¿Y cómo es posible el encuentro con tanta carga emotiva que se acumula en la memoria celular? No sólo son recuerdos, sino también sentimientos y sensaciones corporales las que emergen en cada encuentro. Y así lo más común es que sólo se encuentren máscaras y corazas, niñas y niños dolientes pertrechados de armas y bagajes. Personas que se defienden de que no vuelvan a repetirse dolores del pasado que se intentan enterrar. Personas que anhelan repetir vivencias que ya acabaron, reproducir gozos y deleites que agotaron ya su tiempo. Y a fuerza de repetir formas  mecánicas o irreales de encontrarse, se crean hábitos y rutinas que se manifiestan en palabras vacías, en gestos de autómatas, en una ambigüedad que flota siempre en el aire: lo que podría ser, pero no le damos alas para que sea.

¡Y qué pocos hombres y mujeres miran hacia adentro para descubrir, destapar, desvelar, revelar… su propias cualidades masculinas y femeninas! Pero cuando lo hacen y tocan fondos subterráneos, ¡qué fácil es que emerjan la compasión, la transparencia y el júbilo ante los espejos que su propio descubrimiento atrae!

Si el cruce de miradas enamoradas del amor mismo, de la vida que se expresa libre en cuerpos de mujer o en cuerpos de hombre, se produce al mismo tiempo en un encuentro de grupo, el éxtasis de la atracción y la creatividad que éste genera se multiplican como el eco que las montañas amplifican. Basta con dejarse revelar y estar abiertos a revelar, como un negativo fotográfico, el original único, singular y sexuado que todos y cada uno de nosotros somos.

Alfonso Colodrón
www.alfonsocolodron.net

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